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martes, 11 de diciembre de 2012

Antes de entrar en el asunto: Resumen del capítulo segundo de El Origen de las Especies e introducción al tercero


Para cumplir uno de sus objetivos que es restar importancia al concepto de especie,  el autor ha utilizado hasta el momento dos estrategias, una en cada uno de los dos primeros capítulos. La primera, en el capítulo primero (La variación en estado doméstico), consiste en el intento de hacer ver que las diferencias entre variedades son del mismo tipo que las diferencias entre especies. Tras algunos párrafos, el autor debe reconocer el fracaso de su argumento indicando lo que todo el mundo sabe: que todas las variedades de paloma pertenecen a la misma especie.  En el capítulo segundo el autor cambia de estrategia y muestra su empeño por demostrar que en la naturaleza hay una variación continua, precisamente lo contrario que cualquier lector atento habría deducido del primer capítulo. Para tan difícil ejercicio se extiende ampliamente el autor en la descripción de casos dudosos que pueden ser considerados como especies o variedades, antes de proceder a un meticuloso recuento que el autor promete no hacer y comentar unas tablas que dice poseer pero cuyo contenido no vemos por ningún lado. Por muchos casos dudosos que presente y datos que no presente, el concepto de especie permanece inalterable y diferente del de variedad. Queda en manos de los taxónomos definir los límites de cada especie. El autor, que no es taxónomo, se limita a agotar la paciencia del lector mediante ejemplos sin fin, falacias abundantes y de todo tipo y la mención de aquellas tablas a las que se refiere una y otra vez como “mis tablas”, cuyo contenido permanece oculto.

En un capítulo titulado “Sobre la Variación en la Naturaleza” el autor se ha olvidado por completo de describir las categorías taxonómicas, verdaderos continentes de la variación. El trabajo de describir las categorías taxonómicas se puede apreciar en la obra de algunos de sus naturalistas contemporáneos (por ejemplo Agassiz), así como en naturalistas posteriores cuya obra no ha adquirido en ningún caso la difusión de OSMNS ¿Por qué? La Ciencia realizada a conciencia es tarea ardua y difícilmente utilizable como recurso ideológico o herramienta para la manipulación de masas. Los laberintos mentales de OSMNS, por el contrario, fijan la atención en aspectos muy particulares de las cuestiones a estudiar dando como resultado una obra de ideología. Tal empeño tuvo su fruto.

En alguna medida, el autor consigue “recortar” concepto tan importante como el de Especie, de manera que la Naturaleza aparezca como algo menos misterioso y más comprensible a la razón, lo cual es el objetivo principal del Naturalismo. En definitiva, el capítulo segundo es más la exposición de una ideología (el naturalismo) que un trabajo científico. La afirmación está apoyada de momento por párrafos del libro de semiótica titulado La Estructura Ausente (Umberto Eco) que nos permite detectar en el estilo de OSMNS rasgos compartidos con otros textos ideológicos: básicamente su parcialidad, es decir cargar las tintas en aquellos contenidos que interesan olvidando los demás. El capítulo segundo de OSMNS, titulado Sobre la Variación en la Naturaleza, es pródigo en ejemplos de parcialidad. Así, no se trata de la taxonomía en general ni en particular. No se describen ni se definen las categorías taxonómicas.  No se mencionan las de Filum (Rama), Clase, Orden o Familia y apenas la de Género limitándose a describir múltiples casos de especies dudosas. Ni aún así consigue demostrar el autor que las diferencias en la naturaleza sean graduales. El concepto de especie que sobrevivió a la vaga discusión de las actividades de los granjeros en el capítulo primero, sobrevive ahora a semejante maltrato ideológico.

Tras estos dos intentos fracasados de atentar contra el concepto de especie, fundamento de la Historia Natural y base para la más elemental comprensión de la naturaleza desde hace siglos, el autor va a cambiar de tono. Fijará ahora su atención en uno de los conceptos que para él serán fundamentales: ¡Adivinen cuál!........No. No se trata de la especie, evidentemente; ni de las variedades, ni de los individuos o poblaciones. No. Tampoco se trata de género, familia, orden, clase o phyllum. Las categorías taxonómicas importan poco ahora y la variación en la naturaleza se da por vista. Tampoco se trata de estructuras, órganos, sistemas, tejidos o aparatos, mucho menos las propias células u otras posibles unidades. No, no, para nada. Tampoco el autor se fijará particularmente en función fisiológica alguna.  Nada de todo eso. ¿En qué concepto fijará ahora el autor la atención de sus pobres lectores? ¿A dónde nos llevará?

En este tercer capítulo de tan celebrada obra el autor va a describir un aspecto que él considera fundamental para comprender la transformación y el origen de las especies: La lucha. Struggle es uno de los sustantivos que más aparecen en el capítulo.

Sí, si. Han leído ustedes bien.  Habiendo fallado aquellos argumentos basados en la granja y éstos basados en su conocimiento parcial y apreciación sesgada de la variación en la naturaleza, el autor cambia de tono y se decide por describir la lucha, el combate, nada nuevo bajo el sol puesto que no se trata de otra cosa que el viejo Polemos, motor del mundo en Heráclito.

Es así el título del tercer capítulo el que viene a poner fin a la indecisión que protagoniza los dos primeros. Cansado de insistir en aquellas historias sin importancia de las granjas, y de aparentar un interés inexistente por la variación en la naturaleza, tema que desconoce y le importa bien poco, el autor va a afrontar su tarea principal: divulgar la sombría doctrina del clérigo Malthus. Entorpecer el estudio de la naturaleza con los principios de la ciencia tenebrosa, la llamada dismal Science.

Extender todo lo tétrico, lo pavoroso y lo sombrío de la dismal science por los dominios de la Historia Natural hasta donde sea posible. Este es su objetivo y a tal fin, el autor, que no es académico pero cuenta con las mejores ayudas del entorno de la prestigiosa Royal Society, va a tomar el tono autoritario y tronante que corresponde al clérigo que se expresa desde un púlpito. No podría haber sido de otra manera. El autor ha dejado de hablar en este capítulo para mentes abiertas y ahora se dirige a sus fieles, a todo aquel que quiera dejarse seducir por el tono autoritario de un lider espiritual, de un gurú. Exclusivamente. Muy difícil sería creer que el estudio de la transformación de las especies puede abordarse con estas premisas; empero la tarea está garantizada, pues en primer lugar no se dirige a un reducido auditorio académico formado por especialistas y en segundo lugar,  el autor no se encuentra solo sino muy bien apoyado.

Empero, lo escrito, escrito está y, en este caso bien publicado y divulgado. Disponible para su crítica. Afortunadamente, no uno sino varios autores nos dan una sólida base para efectuar tal labor crítica.  Así como veíamos que Umberto Eco describe las características del discurso ideológico, otros autores lo han hecho con el discurso autoritario. Veremos también en este caso si el Capítulo tercero puede representar un buen ejemplo o no de este tipo de escritura tan peculiar………….

Imagen: Struggle, de Lindsey Carr